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Unos lo habrán vivido, otros lo habrán pensado y habrá quienes ni siquiera eso.

Con elegancia y a veces pequeñas dosis de humor el protagonista, Daigo Kobayashi (en un magnífico trabajo interpretativo de Masahiro Mutoki), se enfrenta al hecho de tener que dejar todo atrás para empezar de nuevo en su pueblo natal después de perder su empleo y tener que vender su violonchelo.

El azar, para unos, y/o el destino, para otros, lo conducen a trabajar en una agencia mortuoria, dedicada a maquillar fallecidos antes de los funerales. Acepta el trabajo, pues menos es nada, pero opta por ocultárselo a su mujer. Volver a la casa de su infancia y única herencia de su madre, se convierte en la apertura de una autopista de recuerdos con un peaje algo caro: el dolor.

A ese dolor hay que sumar el rechazo de sus allegados hacia su nuevo trabajo mientras en su interior crece la sensación de paz que ha hallado en él. Poco a poco, el hilo argumental muestra que ha encontrado su lugar en el gran puzzle de la vida, lo que le hace mantenerse firme ante la presión de su mujer, quien incluso lo abandona un tiempo.

En ese período Daigo estrecha su relación con su jefe. Un hombre sencillo que le hace comprender lo que en realidad puede llegar a ser el nuevo oficio descubierto. De nuevo, el azar (o el destino) hacen que se encuentre en el otro lado de su tarea laboral, al recibir la llamada de que su padre, al que no ves desde que los abandonó cuando él tenía seis años, ha fallecido.

Una vez más se lleva al cine una reflexión sobre la muerte, el más allá, a través de los ojos de una cultura diferente. El director Yojiro Takita consigue con ternura y delicadeza exponer algo que a veces se nos escapa: cuán importante puede llegar a ser la despedida de un ser querido, poniendo de manifiesto la necesidad de una comprensión, de una aceptación a veces poco dada en nuestra sociedad occidental.

Es un largometraje dedicado al amor, la familia, el descubrimiento y la esperanza, pero, sobre todo, es un film dedicado al “saber hacer”. Una trama sumergida en la gran tradición japonesa, teñida con la calma y la minuciosa precisión que diferencia a oriente de occidente. Suscita en el interior de uno mismo nuevos interrogantes e incluso hace que una vez más nos saquemos el sombrero ante la sabiduría de la tradición popular, transmitiendo en cada fotograma el respeto por las costumbres japonesas.

Un ligero estudio a la fotografía nos derivará a un reconocimiento de la genial virtud de su director, que juega con nuestra retina relacionando los colores de las escenas con lo que desea transmitir, relacionando objetos y conceptos con los elementos básicos. Toda una orquesta conceptual lo que nos puede llegar a recordar, aunque sin similitudes ni evidencias directas, a su vecino chino y genial cineasta Zhang Yimou.

By: César Cantero